El valor referencial y el valor estimado son la cifra que marca cuánto está dispuesto a pagar el Estado. Entenderlos es clave: definen el procedimiento de selección y, en muchos casos, los límites dentro de los que puede moverse tu oferta económica.
En esta guía verás qué son, en qué se diferencian, cómo los determina la entidad y cómo usarlos para armar tu precio sin quedar descalificado.
Es el monto que la entidad calcula que cuesta lo que va a contratar, antes de convocar el proceso. Sirve para dos cosas: determinar el procedimiento de selección (según el monto) y establecer el marco económico del proceso.
Se construye sobre estudios de mercado: cotizaciones, precios históricos y referencias. Por eso no es un número arbitrario, sino una estimación con sustento que figura en el expediente de contratación.
La distinción depende del objeto:
La consecuencia práctica: en obras conoces la cifra de referencia y los límites; en bienes y servicios muchas veces ofertas sin ver el valor estimado exacto, guiándote por el mercado.
La entidad realiza una indagación de mercado: pide cotizaciones a proveedores, revisa precios de contrataciones anteriores y consulta referencias de productos similares. Con eso fija el monto y lo sustenta en el expediente.
Aquí hay una oportunidad para ti: cuando una entidad pide cotizaciones para su estudio de mercado, responder con información seria te posiciona y ayuda a que el valor refleje precios reales. Conocer los precios a los que el Estado ya compró lo que tú vendes —algo que puedes rastrear en el buscador— te da ventaja al ofertar.
Cuando el valor es público (típicamente en obras), tu oferta suele tener que ubicarse dentro de un rango: no puede superar cierto porcentaje por encima ni bajar de cierto porcentaje por debajo del valor referencial. Salirte del rango te descalifica.
Ofertar demasiado bajo tampoco es gratis: además de los límites, un precio irreal compromete tu margen y te expone a penalidades si luego no puedes cumplir. El precio ganador es el que equilibra competitividad y rentabilidad.
El valor referencial es tu punto de partida para decidir el precio, junto con los factores de evaluación. Si el proceso pondera mucho el precio, ajusta hasta donde tu margen lo permita; si pondera experiencia o calidad, no malvendas: compite donde están los puntos.
Calcula siempre tu precio incluyendo costos, garantías y un colchón para imprevistos. La guía de cómo ganar una licitación profundiza en esta estrategia.
El valor (cuando es público) y el detalle del requerimiento están en las bases y el TDR, publicados en el SEACE. En cada ficha de proceso de nuestro buscador verás el monto y la entidad, y desde ahí puedes ir al detalle oficial.
Compara el valor con procesos similares ya adjudicados para calibrar si el presupuesto es realista y si te conviene participar.
Es el monto que la entidad calcula que cuesta lo que va a contratar, sobre la base de un estudio de mercado (cotizaciones, precios históricos y referencias). Sirve para determinar el procedimiento de selección según el monto y para establecer el marco económico del proceso. Figura en el expediente de contratación.
El valor estimado se usa para bienes y servicios y por lo general no se publica el detalle, para no condicionar las ofertas. El valor referencial se usa para obras y consultorías, donde sí es público y marca límites a las ofertas. En obras conoces la cifra y los límites; en bienes y servicios muchas veces ofertas guiándote por el mercado.
Cuando el valor es público (típicamente en obras), tu oferta debe ubicarse dentro de un rango: no puede superar cierto porcentaje por encima ni bajar de cierto porcentaje por debajo del valor referencial. Salirte del rango te descalifica. Ofertar demasiado bajo tampoco conviene, porque compromete tu margen.
El valor referencial (cuando es público) y el detalle del requerimiento están en las bases y el TDR, publicados en el SEACE. En cada ficha de proceso del buscador verás el monto y la entidad, y desde ahí puedes ir al detalle oficial para revisar el expediente.
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